AVANCE CAPITULO 2

Gustavo Azócar Alcalá

Magister en Estrategia y Comunicación Política
The George Washington University (EEUU) 2013
DOCTORANDO EN CIENCIAS POLITICAS 2021 (URBE)

La isla de San Andrés es un diminuto paraíso flotante en el corazón del Caribe colombiano. Tiene una extensión de 26 kilómetros cuadrados de superficie y se alza como un enigma envuelto en turquesa y sal. Sus aguas oscilan entre siete tonos de azul, cada uno de los cuales guarda secretos que el viento susurra entre las palmeras y que luego son arrastrados por las olas hasta la orilla de arena blanca, sólo para llevárselos de nuevo al abismo.

 

Los nativos de San Andrés dicen que en las profundidades del mar de los siete colores yace un cementerio de barcos piratas, cuyos esqueletos de madera crujen bajo el peso de tesoros olvidados, custodiados por corales que parecen vigilantes silenciosos. Uno de los naufragios más icónicos y legendarios de todo el archipiélago se relaciona con el capitán Henry Morgan, el famoso corsario galés del siglo XVII. La leyenda local asegura que el barco más grande y preciado de Morgan, el Satisfaction, se hundió cerca de la isla durante una expedición. El barco llevaba consigo una enorme cantidad de oro y piedras preciosas, suficientes para adornar todas las paredes de la Basílica de San Pedro en El Vaticano. Ese tesoro jamás ha sido encontrado.

 

Los raizales de San Andrés han alimentado relatos sobre tesoros escondidos, túneles ocultos y apariciones fantasmas. Todo el que ha navegado el mar de los siete colores en horas de la madrugada ha sentido la presencia del gran corsario flotando sobre las olas y soplando fuerte contra las velas. Hay señales e indicios inconfundibles para reconocer el momento preciso en que el espíritu del Capitán Morgan se encuentra a bordo de una lancha: los motores se apagan, las aguas se aquietan y solo se percibe el sonido del silencio.

 

En tierra, el aire vibra con historias que se tejen entre las casas de colores y los pasos descalzos de sus gentes. Hay quien jura haber visto luces danzando sobre el horizonte en noches sin luna. Son las almas de antiguos piratas y corsarios que buscan redención entre las sombras. Otros hablan de cuevas escondidas en los acantilados, donde el eco repite nombres que nadie recuerda, y de un manantial secreto que brota en la selva, cuyas aguas prometen curar el alma o enloquecerla, según el corazón de quien las beba.

 

La isla de San Andrés late aceleradamente como si estuviera viva, respirando a través de sus manglares, y cantando con el rumor de las olas. No se sabe a ciencia cierta si el mar de los siete colores la protege o la aprisiona. San Andrés no entrega sus misterios fácilmente. Los oculta tras la risa de sus habitantes, el aroma del pescado frito y el vaivén de las hamacas que cuelgan de los cocoteros. Es un lugar donde el tiempo se curva, donde lo real y lo imposible se miran de reojo y donde cada atardecer parece prometer una respuesta que nunca llega.

 

La primera persona en enterarse que una lancha con 40 migrantes y 2 tripulantes a bordo había desaparecido la noche anterior fue Anancy, la matrona de 93 años que vivía en el populoso barrio San Luis de San Andrés. La noticia no se la dio la radio, ni la televisión, ni las redes sociales. Fue el humo del tabaco que tenía entre sus labios, y que se fumaba, despacio, como todos los días, mientras estaba sentada en una destartalada silla de madera vencida, observando la majestuosidad del Caribe colombiano.

 

Su nombre, Anancy, provenía de la araña sabia de los cuentos africanos que cruzaron el atlántico en barcos de cadenas. Su piel era del tono del cacao amargo, curtida por el salitre y los siglos. Llevaba cabello trenzado en espirales que parecían mapas antiguos, rutas secretas que los vientos del mar aún sabían leer. En sus ojos no habitaba el tiempo, sino algo más viejo que él: una memoria salobre, coralina, que sólo los que nacen entre tambores, rezos y naufragios pueden heredar.

 

Vivía al borde del manglar, donde la isla deja de ser tierra y comienza a ser eco. Decían que hablaba con los muertos, que podía escuchar el canto de los ahogados en las noches sin luna. Pero ella no se llamaba bruja. Se llamaba guardiana. Descubrió que tenía un don especial, y una conexión con el inframundo, la noche en que encontró a un náufrago sobreviviente, harapiento, desnutrido y tostado por el sol y la sal, enredado entre algas y miedo. Sin preguntarle de dónde venía, le miró el alma, y supo que el mar lo había elegido, de la misma forma como eligió a su tatarabuela el día en que el Capitán Morgan saqueó la costa y robó mucho más que el oro.

 

Anancy no caminaba, flotaba. No hablaba, susurraba con voz de concha abierta. Aunque su cuerpo era delgado como una rama seca, cuando alzó la mano, el viento se detuvo. Porque incluso las tormentas la reconocían. Encendía su tabaco con una cerilla que no chispeaba, sino que susurraba un nombre ahogado. El primer tiro fue largo, profundo, como si no fumaba por placer, sino por deber. El humo se elevó en espirales que se torcieron en el aire, como queriendo huir del mensaje que cargaban.

 

Entonces lo sintió.

 

Primero fue un estremecimiento leve en la base de su cuello, donde la sal solía secarse después del baño. Luego, una presión en el pecho. No como miedo. Mas como pérdida. El humo comenzó a tornarse más denso, más frío. Una bruma extraña se enroscó alrededor de su cabeza y le murmuró en lengua vieja:

 

___ Cuarenta y dos sin nombre. Cuarenta y dos sin regreso.

 

 

Se quedó paralizada mientras observaba la hoja de tabaco ardiendo entre sus dedos ásperos. La madrugada aún era espesa, como si el cielo no hubiese querido del todo parir el día. Anancy estaba sentada bajo el techo de palma que crujía con cada suspiro del viento. Frente a ella, el mar era una sombra inmóvil, un espejo negro que lo ocultaba todo. Cerró los ojos, no por miedo, sino por respeto. Metió los dedos en la arena húmeda. Las uñas se le llenaron de barro, de memoria. El tabaco chisporroteó como si ardieran pequeños huesos dentro.

 

 

____No es sólo el mar. —murmuró ella— Es él. El despertó otra vez

 

 

Y mientras las primeras luces del día intentaban tocar la costa, Anancy sabía que el mar se había cobrado otra deuda antigua. Que la grieta se estaba abriendo de nuevo. Se levantó sin prisa, dejó el tabaco humeando en un cuenco de barro y caminó hacia la cueva. A dónde van los que no quieren olvidar.