AVANCE CAPITULO 1

Gustavo Azócar Alcalá

Magister en Estrategia y Comunicación Política
The George Washington University (EEUU) 2013
DOCTORANDO EN CIENCIAS POLITICAS 2021 (URBE)

La lancha Las Gaviotas avanzaba como una sombra sobre el mar nocturno, su motor ahogado por la vastedad del océano. A bordo iban cuarenta y dos almas apretujadas en un casco de fibra, cuerpos temblorosos por el frío, la fatiga y el miedo. A lo lejos, la silueta oscura de San Andrés se desdibujaba en la bruma, como si la isla misma los observara en silencio.

 El agua estaba inquieta. No era una tormenta, pero el mar tenía un peso extraño, como si algo se moviera bajo la superficie, algo que no dejaba espuma ni rastro. De repente, la lancha emitió un crujido áspero, un murmullo incomprensible. El timonel frunció el ceño y ajustó la dirección, pero no detuvo el extraño ruido, que se sentía como una vibración lejana, como un susurro imposible.

 La luna llena, que había estado observando a los viajeros durante toda la noche, de repente se esfumó. Una gruesa nube negra la cubrió por completo y la oscuridad se hizo más profunda, negra y tenebrosa. Hasta las estrellas estaban titilando como velas a punto de apagarse. Luego, sin previo aviso, el motor de la lancha lanzó un chirrido, y se apagó. La pesada lancha siguió moviéndose por unos minutos, entre olas que parecían cada vez más pequeñas y distantes. Por un momento, no se supo si la embarcación estaba avanzando o retrocediendo. El timonel sintió un extraño vacío en el estómago. Un viento helado recorrió la embarcación, pese a que la noche era sofocante.

Alguien, en la proa de la nave, gritó. Nadie pudo decir qué fue lo que vio. ¿Una sombra deslizándose entre las olas? ¿Un barco sin luces emergiendo de la negrura? ¿Un remolino traicionero abriéndose en el agua como una boca inmensa? La lancha se sacudió, pero no fue una ola lo que la golpeó. Fue algo más. Algo invisible.

 El timonel intentó encender el motor, pero sus esfuerzos resultaron infructuosos. Sólo se escuchaba un chasquido metálico que era opacado por el llanto de un niño en brazos de su madre. Todos se hacían preguntas, pero nadie quería hablar. El ayudante del timonel, que se encontraba en la proa, hizo una maniobra para llegar hasta la popa y ver qué estaba pasando, pero una brisa fuerte lo empujó contra la amura de estribor y cayó al mar. Fue la última vez que se lo vio con vida.  Su cuerpo desapareció en medio de un silencio espeso.

El motor de la lancha escupió un silbido ininteligible antes de ahogarse por completo. Y luego… nada. Solo el mar, inmóvil y profundo, reflejando la indiferencia de la noche. Los pasajeros estaban con los ojos desorbitados. A lo lejos, la imagen de un barco negro y enorme se divisaba entre la bruma. Pero no era un barco cualquiera, éste parecía tener velas y un mástil gigantesco. Lo extraño era que no parecía tener luces encendidas y tampoco se movía.

___ El barco del Capitán Morgan? – pensó el timonel.

 Cuando La Armada Nacional llegó al sitio, no encontró restos flotando. No había rastros de la lancha Las Gaviotas ni de sus pasajeros y tripulantes. Ni un solo cuerpo. Ni una sola prenda. Ni una mochila. Ni un biberón. Solo un océano en calma, sin testigos ni respuestas. Como si la embarcación nunca hubiera existido